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El regreso a la oficina esta siendo más complicado de los esperado

El regreso a la oficina esta siendo más complicado de lo esperado.

Hace cerca de ocho años atrás, el periodico “The Economist” le preguntó a Patrick Pichette, director financiero de Google, cuántos de sus empleados teletrabajaban, su respuesta fue: “Los menos posibles”. Sin embargo, Google estaba destinando recursos importante en producir aplicaciones que permitían el teletrabajo, su comentario no extranó a nadie.

Antes de la pandemia, se creía que reunirse en un lugar como la oficina, estimulaba la productividad y la innovación. También, permitía a los jefes controlar y vigilar a sus empleados; en fin, trabajar desde casa se veía como algo que solo se hacía, si no podía evitarse. Hasta llegar al 2020, la pandemia del COVID-19 obligó a los gobiernos de todo el mundo a imponer confinamientos estrictos. De la noche a la mañana, fue imposible acceder a la mayoría de las oficinas del mundo. Para sobrevivir, las empresas se embarcaron en un gigantesco experimento de teletrabajo. Un cambio ya es evidente. El prejuicio anti teletrabajo antaño generalizado ha desaparecido y se ha sustituido por una serie de actitudes que varían según el sector y la región. En un extremo, algunas compañías esperan que todos los trabajadores vuelvan a sus mesas. En el otro, otras suprimen por completo las oficinas. La mayoría se sitúa en un punto intermedio.

En todos los sectores, los datos indican que a la gente le gusta la posibilidad de trabajar desde casa al menos ocasionalmente. Según una encuesta realizada por la aseguradora Prudential entre 2.000 adultos estadounidenses, el 87% de los que trabajaron desde casa durante la pandemia quería seguir haciéndolo tras la disminución de las restricciones. Según la misma encuesta, el 42% de los teletrabajadores afirmó que buscaría un nuevo trabajo si se le pidiera volver a la oficina a tiempo completo. Sólo uno de cada cinco empleados estadounidenses afirma que casi nunca o nunca querría trabajar desde casa. En una reciente encuesta realizada a más de 10.000 oficinistas europeos, el 79% respondió que apoyaría una legislación que prohibiera a los jefes obligar a los empleados a trabajar desde la oficina.

Todo ello indica que los acuerdos híbridos se mantendrán en la mayoría de los lugares. Sin embargo, esos acuerdos presentan desafíos propios. Difuminan los límites entre el trabajo y la vida familiar. Las reuniones virtuales pueden ser incluso más tediosas que las presenciales; entre quienes han admitido la fatiga del Zoom se encuentra Eric Yuan, el multimillonario fundador de esa aplicación. Y los horarios híbridos dificultan la gestión del espacio de oficina, especialmente en un momento en que muchas empresas, como HSBC, están planeando reducir su superficie de oficinas.


Aunque como cabía esperar, la repentina reconfiguración de la vida laboral está generando fricciones. Los trabajadores que desean más flexibilidad se encuentran en desacuerdo con los empleadores que piden una vuelta a algo cercano a la normalidad pre pandémica.


Estos desacuerdos están llegando a los consejos de administración. Algunos accionistas, incluidos los grandes inversores institucionales, están dispuestos a promover el trabajo flexible no sólo para retener el talento, sino también para reforzar las credenciales ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) de las empresas.

FUENTE: THE ECONOMIST

El regreso a la oficina esta siendo más complicado de lo esperado.

Hace cerca de ocho años atrás, el periodico “The Economist” le preguntó a Patrick Pichette, director financiero de Google, cuántos de sus empleados teletrabajaban, su respuesta fue: “Los menos posibles”. Sin embargo, Google estaba destinando recursos importante en producir aplicaciones que permitían el teletrabajo, su comentario no extranó a nadie.

Antes de la pandemia, se creía que reunirse en un lugar como la oficina, estimulaba la productividad y la innovación. También, permitía a los jefes controlar y vigilar a sus empleados; en fin, trabajar desde casa se veía como algo que solo se hacía, si no podía evitarse. Hasta llegar al 2020, la pandemia del COVID-19 obligó a los gobiernos de todo el mundo a imponer confinamientos estrictos. De la noche a la mañana, fue imposible acceder a la mayoría de las oficinas del mundo. Para sobrevivir, las empresas se embarcaron en un gigantesco experimento de teletrabajo. Un cambio ya es evidente. El prejuicio anti teletrabajo antaño generalizado ha desaparecido y se ha sustituido por una serie de actitudes que varían según el sector y la región. En un extremo, algunas compañías esperan que todos los trabajadores vuelvan a sus mesas. En el otro, otras suprimen por completo las oficinas. La mayoría se sitúa en un punto intermedio.

En todos los sectores, los datos indican que a la gente le gusta la posibilidad de trabajar desde casa al menos ocasionalmente. Según una encuesta realizada por la aseguradora Prudential entre 2.000 adultos estadounidenses, el 87% de los que trabajaron desde casa durante la pandemia quería seguir haciéndolo tras la disminución de las restricciones. Según la misma encuesta, el 42% de los teletrabajadores afirmó que buscaría un nuevo trabajo si se le pidiera volver a la oficina a tiempo completo. Sólo uno de cada cinco empleados estadounidenses afirma que casi nunca o nunca querría trabajar desde casa. En una reciente encuesta realizada a más de 10.000 oficinistas europeos, el 79% respondió que apoyaría una legislación que prohibiera a los jefes obligar a los empleados a trabajar desde la oficina.

Todo ello indica que los acuerdos híbridos se mantendrán en la mayoría de los lugares. Sin embargo, esos acuerdos presentan desafíos propios. Difuminan los límites entre el trabajo y la vida familiar. Las reuniones virtuales pueden ser incluso más tediosas que las presenciales; entre quienes han admitido la fatiga del Zoom se encuentra Eric Yuan, el multimillonario fundador de esa aplicación. Y los horarios híbridos dificultan la gestión del espacio de oficina, especialmente en un momento en que muchas empresas, como HSBC, están planeando reducir su superficie de oficinas.

Aunque como cabía esperar, la repentina reconfiguración de la vida laboral está generando fricciones. Los trabajadores que desean más flexibilidad se encuentran en desacuerdo con los empleadores que piden una vuelta a algo cercano a la normalidad pre pandémica.

Estos desacuerdos están llegando a los consejos de administración. Algunos accionistas, incluidos los grandes inversores institucionales, están dispuestos a promover el trabajo flexible no sólo para retener el talento, sino también para reforzar las credenciales ambientales, sociales y de gobernanza (ASG) de las empresas.

FUENTE: THE ECONOMIST
FUENTE: LA VANGUARDIA.

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